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miércoles, 15 de mayo de 2013

Oración de Juan Pablo II por la Paz.


Oh, Dios, Creador del Universo, 
que extiendes tu preocupación paternal 
sobre cada criatura 
y que guías los eventos de la historia 
a la meta de la salvación;
reconocemos tu amor paternal que, 
a pesar de la resistencia de la humanidad,
en un mundo dividido por la disputa y la discordia 
Tú nos haces preparar para la reconciliación.
Renueva en nosotros 
las maravillas de tu misericordia;
envía tu Espíritu sobre nosotros
para que Él pueda obrar 
en la intimidad de nuestros corazones;
para que los enemigos puedan empezar a dialogar;
para que los adversarios puedan estrecharse las manos;
y para que las personas 
puedan encontrar entre sí la armonía.
Para que todos puedan comprometerse 
en la búsqueda sincera por la verdadera paz;
para que se eliminen todas las disputas,
para que la caridad supere al odio, 
para que el perdón venza el deseo de venganza. Amén.

Fuente: Oraciones del Beato Juan Pablo II

domingo, 12 de mayo de 2013

La fe en el Espíritu Santo

La Iglesia profesa de manera incesante su fe: en nuestro mundo hay creado un Espíritu que es un don increado. Es el Espíritu del Padre y del Hijo.  Como el Padre y el Hijo, es increado, inmenso, eterno, omnipotente. Dios y Señor. Este Espíritu de Dios «llena el universo», y todo lo creado reconoce en Él la fuente de su identidad, encuentra en Él su expresión trascendente, se dirige a Él y le espera, le invoca con todo sus ser. A Él, como al Paráclito, como al Espíritu de verdad y de amor, acude el hombre que vive de verdad y amor y que no puede vivir sin la fuente de la verdad y el amor. A Él acude la Iglesia, que es corazón de la humanidad, para invocarle por todos y para que a todos les conceda los dones del amor, por cuyo medio se derramó en nuestros corazones. A Él acude la Iglesia a través de los complicados caminos de la peregrinación del hombre en la tierra, y suplica, suplica constantemente la rectitud de los actos humanos, como obra suya; suplica el gozo y el consuelo que sólo Él, el verdadero consolador, puede darnos viviendo a lo íntimo de los corazones humanos; suplica la gracia de las virtudes que merecen la gloria celestial; suplica la salvación eterna, en la comunicación plena de la vida divina, a la que el Padre ha predestinado eternamente a los hombres, creados por amor a imagen y semejanza de la Santísima Trinidad.