Mostrando entradas con la etiqueta La fe en el Espíritu Santo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La fe en el Espíritu Santo. Mostrar todas las entradas

domingo, 12 de mayo de 2013

La fuerza que viene de arriba


Hoy leemos en el Evangelio correspondiente a la Solemnidad de la Ascención que Jesús nos dice:

           "Jesús dijo a sus discípulos: «Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día.
           Luego debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y yendo después a todas las naciones, invitándolas a que se conviertan.
           Ustedes son testigos de todo esto.
           Ahora yo voy a enviar sobre ustedes lo que mi Padre prometió.       Permanezcan, pues, en la ciudad hasta que sean revestidos de la fuerza que viene de arriba.»
          Jesús los llevó hasta cerca de Betania y, levantando las manos, los bendijo.
          Y mientras los bendecía, se separó de ellos (y fue llevado al cielo.
           Ellos se postraron ante él.) Después volvieron llenos de gozo a Jerusalén,
y continuamente estaban en el Templo alabando a Dios." 
Evangelio según San Lucas 24,46-53. 

La fe en el Espíritu Santo

La Iglesia profesa de manera incesante su fe: en nuestro mundo hay creado un Espíritu que es un don increado. Es el Espíritu del Padre y del Hijo.  Como el Padre y el Hijo, es increado, inmenso, eterno, omnipotente. Dios y Señor. Este Espíritu de Dios «llena el universo», y todo lo creado reconoce en Él la fuente de su identidad, encuentra en Él su expresión trascendente, se dirige a Él y le espera, le invoca con todo sus ser. A Él, como al Paráclito, como al Espíritu de verdad y de amor, acude el hombre que vive de verdad y amor y que no puede vivir sin la fuente de la verdad y el amor. A Él acude la Iglesia, que es corazón de la humanidad, para invocarle por todos y para que a todos les conceda los dones del amor, por cuyo medio se derramó en nuestros corazones. A Él acude la Iglesia a través de los complicados caminos de la peregrinación del hombre en la tierra, y suplica, suplica constantemente la rectitud de los actos humanos, como obra suya; suplica el gozo y el consuelo que sólo Él, el verdadero consolador, puede darnos viviendo a lo íntimo de los corazones humanos; suplica la gracia de las virtudes que merecen la gloria celestial; suplica la salvación eterna, en la comunicación plena de la vida divina, a la que el Padre ha predestinado eternamente a los hombres, creados por amor a imagen y semejanza de la Santísima Trinidad.